¿Por qué los políticos “tergiversan” la verdad? Miguel Pantaleon 22 enero, 2018

¿Por qué los políticos “tergiversan” la verdad?

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La respuesta simplificada: porque pueden controlar la indignación popular. Para esto existen muchos mecanismos, desde la exaltación de los éxitos deportivos, hasta usar los medios de comunicación para escalar a noticia nacional cualquier noticia irrelevante. Pero hoy quiero poner el foco en explicar de forma sistémica lo que, a mi juicio, sucede en las campañas electorales.

En las campañas electorales hay dos factores fundamentales que pueden resumir la dinámica de éstas: el primero es la capacidad de prometer y el segundo la capacidad de acusar sin pruebas.

Los políticos han comprobado a través de la experiencia que la mejor manera de ganar unas elecciones es prometiendo. La promesa, al menos en el contexto político, no lleva implícito su cumplimiento. Para nosotros los ciudadanos es una contradicción, porque el incumplimiento de nuestras promesas suele acarrear consecuencias directas y en ocasiones, graves. Esto no sucede con la misma intensidad en el entorno político, debido a la gran complejidad e interdependencia que existe en la gestión de un país, ya que, por ejemplo, depende de las directrices y financiación europeas para llevar a cabo sus políticas. En este contexto, cuantas más promesas realizan los políticos, mayor serán las promesas incumplidas, lo que suele provocar la indignación popular, a la que volveré más adelante.

La segunda estrategia consiste en desprestigiar a los adversarios políticos acusándolos de comportamientos anti éticos y en ocasiones delictivos, sin necesidad de aportar ningún tipo de prueba, ya que, si esta existiera, sería más sencillo denunciarlos ante un juez. Estas acusaciones transmiten a la sociedad la idea de que el partido político que acusa es el menos corrupto o inmoral, por lo tanto, el menor de los males.

Ambas estrategias influyen de manera directa sobre la indignación popular. Las promesas incumplidas la hacen crecer, elevando el enfado y la predisposición de la sociedad a tomar algún tipo de acción para castigar al gobierno, a través de la pérdida de votos o de alguna protesta directa como manifestaciones o huelgas. Esta podría ser el comportamiento esperado, si no fuera porque el incremento en la percepción de que “todos los políticos mienten”, influye de manera inversa sobre la indignación popular, es decir, cuanto más piense la sociedad que “todos los políticos mienten” menor será la indignación al percibir que no hay escapatoria o solución posible, lo que provocará frustración, desapego y desmotivación a la hora de tomar alguna acción de castigo contra el gobierno.

Si el efecto de las promesas incumplidas es mayor que el de la percepción de que “todos los políticos mienten”, los ciudadanos penalizarán al partido en el gobierno, y cuanto mayor sean las consecuencias reales del incumplimiento de las promesas, menor será la tendencia de los partidos políticos de sobre prometer para llegar al poder. Este es, a mi juicio, el punto de palanca de este sistema simplificado sobre la dinámica. Como dije antes, las promesas políticas son muy difíciles de cumplir porque no sólo dependen de nuestras buenas intenciones, sino de las decisiones que, por ejemplo, desde Europa, se toman bajo la idea de un beneficio común. Si esto es así, la forma más probable de cambiar este sistema sería que las promesas y acusaciones de los políticos tuvieran consecuencias proporcionales al perjuicio que estas generan en la sociedad, de este modo, los políticos prometerían y acusarían menos y nosotros los ciudadanos podríamos juzgarlos por sus acciones reales en lugar de por sus declaraciones públicas.

Lamentablemente la realidad es mucho más complicada que esta simplificación, pero, si esta explicación se parece en algo a la realidad, parece que la sociedad cuenta con alguna herramienta de presión sobre los políticos para hacer que cumplan con su función de garantizar el desarrollo de la sociedad.

 

 

 

 

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