Cuando medir resultados perjudica a la sociedad

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By Miguel Pantaleon

Medir los resultados de las decisiones que tomamos o de las acciones que llevamos a cabo se ha convertido en el nuevo mantra. Trabajar orientado a los resultados es el nuevo modelo mental que impera casi en cualquier ámbito, pero tratar de medirlo todo resulta, en muchas ocasiones, contraproducente.

Medir resultados está basado en la asunción de que aquello que se mide puede ser controlado. Por ejemplo, el sistema educativo británico, al igual que otros, realiza al final de segundo de primaria, una prueba en matemáticas y lectura (SAT por sus siglas en inglés), para medir cuál es el nivel de los alumnos. Estos datos son posteriormente publicados por el gobierno en su página web para que las familias puedan comparar el desempeño de los diferentes colegios.

A su vez, el gobierno cuenta con la Oficina para los Estándares en la Educación, OFSTED, un sistema de inspección que evalúa cada centro, en una visita de dos días, en función de su currículo, el desempeño de sus profesores, la monitorización que hace de los alumnos, etc. y le otorga una puntuación que va desde sobresaliente a inadecuada. Una vez asignada la puntuación, el centro educativo la mantiene hasta que se produzca una nueva evaluación que, en algunos casos, puede tardar años en producirse.

Con estas dos iniciativas, el gobierno británico trata de medir la calidad de los centros educativos de manera “objetiva” y dar a las familias, que son muy sensibles a la calidad, información precisa para elegir el mejor colegio para sus hijos. Esto ha provocado que los centros educativos consideren una prioridad, no sólo pasar las pruebas, sino obtener buenos resultados, ya que su financiación depende, entre otros factores, de la cantidad de alumnos matriculados.

Al priorizar las pruebas e inspecciones, han creado dinámicas que refuerza la competencia entre los niños. Un ejemplo de ello es Mathletics, una plataforma digital de matemáticas donde los alumnos compiten entre sí por ver quién realiza más operaciones en menos tiempo. Este tipo de actividades no están orientadas hacia mejorar la comprensión de los alumnos o su capacidad de razonamiento, sino a calcular lo más deprisa posible, que es lo que se mide en las pruebas SAT.

La forma de medir la calidad de los centros educativos para financiarlos correctamente está provocando el deterioro de la calidad de la educación que éstos proveen, porque los obliga orientarse a los resultados que el gobierno quiere medir, independientemente de que estos sean valiosos para la sociedad. Un examen de matemáticas y lectura no ofrece una imagen fiable de la calidad del centro, sino de la eficiencia con la que el centro supera la prueba, de la intensidad con la que entrenan a sus alumnos y de la dependencia que el colegio tiene de la financiación pública.

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Medir apropiadamente la calidad de la educación es una tarea complicada, fundamentalmente porque los resultados de que las personas reciban una buena educación son, en gran medida, intangibles y, los que sean visibles a nuestros ojos, irán manifestándose a lo largo de la vida adulta de las personas. Por otro lado, la calidad de la educación es un fenómeno emergente, es decir, que no tiene un resultado lineal, porque depende del contexto en la que esta se dé o de cómo las personas colaboren. El surgimiento de la tecnología es un ejemplo de ello.

En el ámbito de la innovación social quizás sea aún más complejo ya que es difícil, en primer lugar, definir cuál es el problema real y diferenciarlo de sus síntomas.

Un ejemplo de esto es el sistema de ayuda de alimentos a países en riesgo de hambrunas. Durante décadas la forma de afrontar este problema ha sido la donación y distribución de alimentos a los países afectados lo que, lejos de resolver el problema del hambre, lo ha convertido en un problema crónico de dependencia.

Hoy en día existe una extensa literatura sobre el daño que la donación de alimentos provoca en los países afectados, como sucedió en Etiopia a mediados de los años 80, donde más de 5 millones de personas dependían de la ayuda, y que en 2003 alcanzó los 13 millones, sumiendo al país en una crisis dependencia de la ayuda humanitaria.

Este es un problema extremadamente complejo donde el enfoque de los países donantes, que miden la calidad de su ayuda humanitaria en toneladas de alimentos distribuidas por año, no contribuye a solucionar. Parece que los donantes internacionales están más interesados en medir la cantidad de ayuda prestada, independientemente de que esta sea adecuada o no, que la calidad de esta, es decir, la reducción de la inseguridad alimentaria y de la dependencia de la ayuda de los países afectados. Y es que, en ocasiones, la ayuda alimentaria se convierte en una forma para que las multinacionales agrícolas se deshagan de sus excedentes y controlar así el precio de sus productos en su mercado interno, sin considerar el impacto sobre los mercados locales. Éstos se ven inundados de alimentos donados a bajo coste, lo que provoca el hundimiento de los precios de los productos locales y destruyen la producción agrícola local al no poder competir, reforzando la dependencia de la ayuda humanitaria.

Por otro lado, el control sobre la distribución local de alimentos donados en países en conflicto refuerza la corrupción y la violencia al utilizar los alimentos como moneda de cambio por parte del grupo en control del territorio, perpetuándolo en el poder.

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Una posible solución pasaría por desarrollar y modernizar la producción agrícola para adaptarla a cultivar en condiciones extremas y desarrollar los mercados locales, lo que permitiría crear nuevos servicios que refuercen el consumo interno. Sin lugar a duda, esta solución sistémica no es ni sencilla ni económica, pero parece sensato pensar que la solución a este problema pasaría por desarrollar la capacidad de Etiopía de producir sus propios alimentos, y no tanto por recibir toneladas de alimentos procedentes de países donantes. Pero, si esto fuera así, ¿por qué los países donantes siguen enviando toneladas de alimentos y no tecnología y conocimiento? En mi opinión, porque los países donantes no están preocupados por lo que es valioso para los etíopes, sino de lo que es valioso para ellos, y casualmente, esto se puede medir perfectamente, valorar económicamente, desgravar, imputar a las cuentas de resultados y a la RSC de las multinacionales.

Medir los resultados de nuestras acciones es la mejor forma de saber si lo que hacemos y decidimos provoca la respuesta que estamos esperando y debemos repetir o incrementar nuestras acciones o, por el contrario, nos estamos desviando y debemos corregirlas. Esto sólo nos permite reaccionar a corto plazo, pero no necesariamente nos da información de si las acciones están teniendo un valor real en la sociedad.

Las pruebas no aportan valor a los alumnos ni a las familias, al igual que la ayuda alimentaria en Etiopía palía el problema del hambre a corto plazo, pero crea un problema crónico a largo plazo más difícil de resolver aún. Medir es necesario, pero sólo si sabemos que lo que estamos midiendo tiene un valor real, y no simplemente porque es lo que podemos medir.

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